¿Recuerdas aquellos dibujos de la infancia en los que teníamos que unir puntos?
Al principio solo veíamos números dispersos sobre una página. Cada punto existía por separado, pero todavía no comprendíamos la imagen.
Entonces comenzábamos a unirlos.
El uno con el dos.
El dos con el tres.
El tres con el cuatro.
Y, poco a poco, aparecía una figura que antes no podíamos ver.
El cuerpo se parece mucho más a uno de aquellos dibujos de lo que imaginamos.
Una tensión puede ser un punto.
Una respiración que ha perdido amplitud, otro.
Una cicatriz puede convertirse en un nuevo punto dentro del mapa corporal. También una postura repetida, una zona que protegemos, un dolor que modificó nuestra forma de movernos o una experiencia que cambió durante un tiempo la manera en la que habitábamos el cuerpo.
Cada punto contiene información, pero observarlo de manera aislada quizá no nos permita comprender la imagen completa.
Es cuando comenzamos a unirlos cuando aparecen las relaciones.
La tensión con la respiración.
La cicatriz con el movimiento.
La postura con la forma de protegernos.
Una zona que duele con otras partes del cuerpo que han aprendido a compensar.
Y, poco a poco, aquello que parecía una suma de hechos independientes comienza a mostrar una figura.
Porque el cuerpo no es una suma de partes.
Es una conversación.
Y la fascia forma parte del tejido que permite que esa conversación permanezca conectada.
El cuerpo está enviando y recibiendo información constantemente
El cuerpo no permanece quieto esperando a que algo ocurra. En cada momento recibe información del entorno y de sí mismo.
El suelo informa a los pies, la posición de la cabeza modifica la manera en la que nos orientamos, la respiración cambia las presiones internas y el movimiento distribuye fuerzas por todo el cuerpo.
También nuestras experiencias generan respuestas. Una caricia puede modificar el tono corporal. El dolor puede hacer que protejamos una zona. Una situación difícil puede cambiar durante un tiempo nuestra postura, nuestra respiración o la forma en la que nos relacionamos con el espacio.
Cada una de esas respuestas añade información al mapa.
Un nuevo punto.
Una nueva relación.
Una nueva forma de organizarse.
Todo está en comunicación.
La fascia forma una red continua de tejido conectivo que envuelve, sostiene y relaciona músculos, órganos, vasos, nervios y otras estructuras. Pero su función no consiste únicamente en mantener las partes unidas.
Contiene receptores sensoriales y participa en la manera en la que percibimos la posición, el movimiento y el estado interno del cuerpo. Recibe información, transmite fuerzas, se adapta al movimiento y participa en la relación constante entre unas zonas y otras.
Por eso, cuando algo cambia en un punto, el resto del cuerpo también puede reorganizarse.
Las estrellas siempre estuvieron ahí
Durante miles de años, las personas observaron puntos de luz separados en el cielo.
Las estrellas ya existían, pero alguien comenzó a reconocer relaciones entre ellas y aparecieron las constelaciones.
Las estrellas no cambiaron de lugar.
Lo que cambió fue nuestra capacidad de observar el conjunto.
Con el cuerpo ocurre algo parecido.
Podemos mirar únicamente la zona que duele, la mandíbula que aprieta, el cuello que ha perdido movilidad, el abdomen que parece sostener demasiado o una cicatriz que continúa generando una sensación diferente.
Cada uno puede parecer un punto independiente.
Pero, si observamos cada punto de manera aislada, quizá solo veamos una parte de la información.
Cuando comenzamos a relacionar la respiración con la postura, el movimiento con la protección, una tensión con otras zonas del cuerpo o una experiencia con la forma en la que aprendimos a sostenernos, aparece una imagen más amplia.
El cuerpo está lleno de puntos. La información aparece cuando aprendemos a observar cómo se relacionan.
¿La fascia guarda nuestras emociones?
Es frecuente escuchar que la fascia almacena emociones o recuerdos. Sin embargo, nuestra historia no está escrita en ella como palabras sobre una página.
La fascia no recuerda como recuerda el cerebro. No guarda una tristeza concreta en un músculo ni una experiencia determinada en una zona exacta.
Pero forma parte de un cuerpo que aprende de todo lo que vive.
Cada experiencia puede influir en cómo respiramos, nos movemos, distribuimos las cargas, protegemos una zona o repetimos determinados patrones de tensión. Y la fascia, como parte de ese sistema vivo, se adapta continuamente a las fuerzas, los movimientos, los hábitos y las condiciones que recibe.
Por eso, quizá nuestra historia no esté guardada en un único lugar. Quizá se exprese en la relación entre cómo respiramos, nos movemos, sostenemos, protegemos y respondemos a lo que vivimos.
Nuestra historia no está escrita en un solo punto. Se dibuja en la relación entre todos ellos.
La fascia conecta estructuras. El cuerpo construye relaciones
Desde la mirada del Método Qimera, no trabajamos una zona como si estuviera separada del resto.
Observamos cómo se relaciona con el conjunto, qué información recibe, qué respuesta mantiene, qué otras estructuras participan y qué nuevas posibilidades podemos ofrecer al cuerpo.
Porque una tensión no siempre necesita más presión, una zona rígida no siempre necesita ser forzada y el lugar en el que aparece una molestia no siempre es el único territorio que requiere atención.
A veces, comprender el cuerpo consiste en aprender a unir puntos.
Una experiencia para observar las conexiones
Ponte de pie o siéntate de manera cómoda y, sin forzar, gira lentamente la cabeza hacia un lado.
Observa hasta dónde llega el movimiento y, sobre todo, cómo lo realiza tu cuerpo. ¿Aparece tensión? ¿Necesitas elevar un hombro? ¿La respiración cambia? ¿Alguna otra zona participa?
Vuelve al centro.
Ahora apoya una mano sobre el pecho o las costillas. No intentes corregir la postura. Realiza varias exhalaciones tranquilas y permite que la respiración encuentre su propio espacio.
Después, vuelve a girar lentamente la cabeza hacia el mismo lado.
No busques llegar más lejos. Solo observa si ha cambiado la sensación, si el movimiento resulta más fácil, si aparece menos esfuerzo o si se ha modificado una zona que aparentemente no estábamos trabajando.
Quizá no notes ningún cambio, y también está bien.
El objetivo no es demostrar que una técnica funciona en unos segundos. Es experimentar que el cuerpo no se mueve por piezas independientes y que cada gesto es una conversación entre muchas estructuras.
Aprender a leer la constelación
La fascia conecta estructuras, la experiencia modifica respuestas y el cuerpo construye su historia en la forma en la que aprende a relacionarlo todo.
Por eso, comprender el cuerpo requiere algo más que observar dónde existe tensión. Necesitamos ampliar la mirada, unir puntos, reconocer relaciones y escuchar la información que aparece cuando dejamos de mirar cada parte por separado.
Las estrellas siempre estuvieron ahí.
La constelación apareció cuando alguien aprendió a observar la relación entre ellas.
Quizá con el cuerpo ocurra lo mismo.